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Pensamientos

Si pudiéramos cambiar

by palabras alma on 14/05/2012

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Si pudiéramos cambiar

Si pudiéramos cambiar;

La mentira por la verdad,

El recibir por el dar,

El odio por el perdón,

La duda por la fe,

La envidia por la aceptación,

La intolerancia por la paciencia,

La dureza por la flexibilidad,

El miedo por el coraje,

El desistir por el perseverar,

Las palabras de más por la prudencia,

La soberbia por la humildad,

La burla por la piedad,

El conformarse por el progresar,

El ocio por el trabajo,

Los sueños por su realización,

La ambición desmedida por el honor…

Si pudiéramos cambiar todo esto; sentiríamos más cerca que nunca, la presencia de Dios en nuestra vida.

Autor Desconocido

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El buda de oro

by palabras alma on 23/04/2012

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El buda de oro

En el otoño de 1988 a mi mujer, Georgia, y a mí nos invitaron a dar una charla sobre autoestima y desarrollo óptimo en una conferencia en Hong Kong. Como nunca habíamos estado en el Lejano Oriente, decidimos hacer además un viaje a Tailandia.

Cuando llegamos a Bangkok, se nos ocurrió hacer un tour que recorría los templos budistas más famosos de la ciudad. En compañía de nuestro intérprete y chófer, Georgia y yo visitamos ese día numerosos templos budistas, pero al cabo de un rato todos empezaron a mezclarse en nuestro recuerdo.

Sin embargo, entre ellos hubo uno que nos dejó una impresión indeleble en la mente y en el corazón. Se le conoce como el Templo del Buda de Oro y en realidad es muy pequeño, probablemente no mida más que tres por tres metros; pero al entrar nos quedamos impresionados por la presencia de un buda de oro macizo de algo más de tres metros de altura. Pesa más de dos toneladas y media, y está valorado en aproximadamente ¡ciento noventa y seis millones de dólares! Era realmente un espectáculo impresionante ver ese buda de oro macizo, imponente pese a la bondad que transmitía su calma sonrisa.

Mientras nos sumergíamos en las actividades normales de quien visita lugares hasta entonces sólo conocidos por referencia (es decir, sacar fotografías de la estatua, entre expresiones de admiración), me acerqué a un expositor de cristal que contenía un gran trozo de arcilla, de unos veinte centímetros de espesor por treinta de ancho. Junto a la urna de cristal había una página mecanografiada que narraba la historia de aquella magnífica obra de arte.

En 1957 un grupo de monjes de un monasterio tuvo que trasladar un buda de arcilla desde su templo a un nuevo emplazamiento. El monasterio debía cambiar de sitio para dejar paso a la construcción de una carretera que atravesaba Bangkok. Cuando la grúa empezó a levantar el gigantesco ídolo, su peso era tan tremendo que empezó a resquebrajarse, y para colmo empezó a llover. El superior de los monjes, preocupado por el daño que podía sufrir el sagrado buda, decidió bajar la estatua al suelo y cubrirla con una recia lona que la protegiera de la lluvia.

Más tarde, él mismo fue a verificar cómo estaba el buda e introdujo una linterna bajo la lona para ver si la imagen seguía estando seca. Cuando la luz dio sobre una de las grietas de la estatua, observó que algo resplandecía en su interior y eso le llamó la atención. Al mirar más atentamente el destello de luz, se preguntó si no podría haber algo debajo de la arcilla. Fue en busca de un martillo y empezó a retirar la arcilla. Al ir desprendiéndose ésta el resplandor se fue haciendo cada vez mayor. Se necesitaron muchas horas de trabajo para que el monje se encontrase frente al extraordinario buda de oro macizo.

Los historiadores creen que, varios siglos antes de que el superior descubriese el buda, el ejército birmano estuvo a punto de invadir Tailandia, que entonces se llamaba Siam. Los monjes, al darse cuenta de que su país no tardaría en ser atacado, cubrieron de arcilla su precioso buda de oro para que no terminara formando parte del botín de los birmanos. Los invasores pasaron a cuchillo a todos los monjes y el secreto del buda de oro se mantuvo bien guardado hasta aquel memorable día de 1957.

Mientras volvíamos a los Estados Unidos en un avión, empecé a pensar que todos estamos, como el buda, cubiertos por una dura capa creada por el miedo y que, sin embargo, encerrado en cada uno de nosotros hay un «Buda de oro» o un «Cristo de oro» o una «esencia áurea» que es nuestro verdadero ser. En alguna época de la vida, quizás entre los dos y los nueve años, empezamos a cubrir nuestra «esencia áurea», nuestro ser natural. Y, de manera muy parecida a lo que hizo el monje con el martillo, la tarea a que ahora nos enfrentamos es la de volver a descubrir nuestra auténtica esencia.

Jack Canfield

Imágenes – fotografías de delfines

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El decálogo de la amabilidad

by palabras alma on 09/04/2012

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El decálogo de la amabilidad

1.- Procura reconocer y respetar los derechos y los méritos de los demás, y aceptar sus formas de pensar, aunque sean distintas de las tuyas.

2.- Trata a los demás con el mismo respeto y cariño con el que te gustaría que te tratasen a ti.

3.- Procura ser complaciente con los que te rodean cuando te piden un favor o solicitan tu ayuda.

4.- Utiliza palabras como gracias, perdón, por favor, que te facilitarán y harán más agradable tu relación con los demás.

5.- Intenta ver en cada persona lo mejor de ella. Seguro que lo encontrarás y te sorprenderá..

6.- Acostúmbrate a expresar tus mejores sentimientos, no los reprimas. Trata a los demás con toda la naturalidad, la alegría y el afecto que espontáneamente salgan de ti.

7.- Acostúmbrate a sonreír. Muéstrate solidario, optimista y colaborador con las personas con las que convives.

8.- Piensa que si todos tratamos de dar lo mejor de nosotros mismos todos seremos mucho más felices.

9.-  Trata de analizarte y observa si, cuando eres amable o afectuoso con los demás, te sientes más a gusto contigo mismo.

10.- Comprueba cuántas horas al día estás de buen humor. Si son muchas, alégrate porque estás construyendo un mundo más amable.

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De: Lic. Graciela E. Prepelitchi

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Decálogo de la Serenidad

by palabras alma on 31/03/2012

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Salud y Nutricion

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Decálogo de la Serenidad

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mi mismo.

3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer, y me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy haré un programa detallado. Quizás no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré, y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9. Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

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Te conozco, ¡tú eres igual que yo!

by palabras alma on 11/03/2012

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Te conozco, ¡tú eres igual que yo!

Stan Dale es uno de nuestros amigos más íntimos. Stan dirige un seminario sobre el amor y las relaciones, con el título «Sexualidad, amor e intimidad». Hace varios años, en su interés por llegar a saber cómo era realmente la gente en la Unión Soviética, se fue allí a pasar dos semanas en compañía de otras veintinueve personas. Cuando narró sus experiencias en la hoja informativa que él mismo publica, una de las anécdotas nos afectó en lo más profundo.

Mientras andaba por un parque en la ciudad industrial de Jarkov, vi a un anciano veterano ruso de la segunda guerra mundial. Es fácil identificarlos por las medallas y cintas que todavía exhiben orgullosamente en sus camisas y chaquetas. No lo hacen por exhibicionismo, es la forma que tienen en su país de homenajear a quienes les ayudaron a salvar Rusia, por más que los nazis mataran a veinte millones de rusos. Me acerqué a aquel anciano que estaba allí sentado con su mujer y le dije: «Droozhba, emin (amistad y paz). El hombre me miró con incredulidad, tomó la insignia que habíamos hecho para aquel viaje y que decía «amistad» en ruso y mostraba los mapas de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, sostenidos por dos manos amistosas, y me preguntó:

—¿Amerikanski?

—Da, amerikanski —le respondí—. Droozhba, emir.

Me cogió ambas manos como si fuéramos hermanos que no se habían visto desde hacía tiempo, y volvió a repetir: «¡Amerikanski!», pero esta vez había reconocimiento y afecto en su voz.

Durante algunos minutos él y su mujer me hablaron en ruso, como si yo pudiera entenderlos, y yo les hablé en inglés como si creyera que él me entendía. Y ¿sabéis qué? Ninguno de los dos entendió una palabra, pero es indudable que nos comprendimos. Nos abrazamos, nos reímos y lloramos, repitiendo todo el tiempo «Droozhba, emir, amerikanski. «Te amo, estoy orgulloso de estar en tu país, nosotros no queremos la guerra. ¡Te amo!”

Pasados unos cinco minutos, nos dijimos adiós y los siete que formábamos nuestro pequeño grupo seguimos andando. Quince minutos después, cuando estábamos ya a considerable distancia, el mismo viejo veterano nos alcanzó. Se  me acercó, se quitó la medalla de la Orden de Lenin (probablemente su posesión más preciada) y me la prendió en la solapa. Después me besó en los labios y me dio uno de los abrazos más cálidos y afectuosos que jamás he recibido. Y los dos lloramos, nos miramos a los ojos durante un tiempo larguísimo y nos despedimos con un «Dossvedanya» (adiós).

El relato anterior es un símbolo de todo nuestro viaje de «Diplomacia ciudadana» a la Unión Soviética. Cada día encontrábamos cientos de personas en todos los lugares posibles e imposibles. Ni los rusos ni nosotros volveremos jamás a ser los mismos. Ahora hay cientos de escolares de las tres escuelas que visitamos que ya no estarán tan dispuestos a pensar que los norteamericanos son gente que quiere «nukearlo» (destruirlos con armas nucleares). Hemos bailado, cantado y jugado con niños de todas las edades, y hemos intercambiado besos, abrazos y regalos. Ellos nos dieron flores, pastas y dulces, insignias, dibujos, muñecas… y, lo más importante, nos abrieron su corazón y su mente.

En más de una ocasión nos invitaron a presenciar sus bodas y a ningún miembro de su familia biológica podrían haberlo aceptado, saludado y agasajado de forma más cálida y afectuosa que a nosotros. Intercambiamos abrazos y besos, bailamos y bebimos champán, cerveza y vodka con los novios, con los abuelos y con el resto de la familia.

En Kursk fuimos recibidos por siete familias rusas que se ofrecieron a agasajarnos con una maravillosa cena y con su afable conversación. Cuatro horas más tarde, ninguno de nosotros quería irse. Ahora, todos los de nuestro grupo tenemos una nueva familia en Rusia.

La noche siguiente nosotros agasajamos a «nuestra familia» en el hotel. La banda tocó casi hasta medianoche y… ¿qué os imagináis? Una vez más, comimos, bebimos, charlamos, bailamos y lloramos cuando llegó la hora de despedirnos. Y bailamos cada canción como si fuéramos amantes apasionados… porque eso éramos, exactamente.

Podría seguir hablando eternamente de nuestras experiencias y, sin embargo, no habría manera de transmitiros exactamente cómo nos sentíamos.

¿Cómo os sentiríais vosotros, al llegar a vuestro hotel en Moscú, si os estuviera esperando un mensaje telefónico de la oficina de Míhail Gorbachov, diciendo que lamenta no poder veros ese fin de semana porque no está en la ciudad, pero que en cambio ha dispuesto, para todo vuestro grupo, una reunión de dos horas, una mesa redonda con una media docena de miembros del Comité Central? Y con ellos mantuvimos una conversación sumamente franca sobre mil cosas, incluso sobre sexualidad.

¿Cómo os sentiríais si más de una docena de ancianas, con sus babushkas [pañolones] anudadas bajo el mentón, bajaran de sus viviendas para abrazaros y besaros? ¿Qué sentiríais cuando vuestras guías, Tania y Natasha, os dijeran (y   dijeran a todo el grupo) que no habían visto jamás a nadie como vosotros? Y cuando nos fuimos, todos, los treinta, lloramos porque nos habíamos enamorado de aquellas mujeres fabulosas, y ellas de nosotros. ¿Cómo os sentiríais? Probablemente, igual que nosotros.

Está claro que cada uno tuvo su propia experiencia, pero es indudable que en el total hay algo que destaca especialmente: la única forma en que vamos a asegurar la paz sobre este planeta es adoptar como «nuestra familia» al mundo entero. Vamos a tener que abrazarlos y besarlos, y bailar y jugar con ellos.

Tendremos que sentarnos a hablar, pasearemos y jugaremos juntos. Porque, cuando lo hagamos, descubriremos que es verdad que existe la belleza en cada uno de nosotros, que todos nos complementamos los unos con los otros y que todos empobreceríamos si no nos tuviéramos mutuamente. Entonces el dicho

«Te conozco porque tú eres como yo» tendría un significado más profundo:

«¡Ésta es «mi familia», y con ellos estaré pase lo que pase!».

Stan Dale
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Carpe diem!

by palabras alma on 20/02/2012

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Carpe diem!

Alguien que destaca como un ejemplo resplandeciente de valor al expresarse es John Keating, el profesor dotado de un mágico poder de transformación que interpreta Robín Williams en El club de los poetas muertos. En esta magistral película, Keating toma un grupo de estudiantes inhibidos, tensos y espiritualmente impotentes de un rígido internado y les inspira el deseo y la capacidad de hacer de sus vidas algo extraordinario.

Tal como Keating les muestra, estos jóvenes han perdido de vista sus propios sueños y ambiciones. Están viviendo de forma automática los programas y las expectativas que les han trazado sus padres. Su proyecto es llegar a ser médicos, abogados y banqueros porque eso es lo que sus padres les han dicho que deben hacer. Pero esos resecos personajes apenas han dedicado un momento a pensar qué es lo que su corazón le pide a cada uno de ellos que exprese.

Una de las primeras escenas de la película muestra cómo Keating lleva a los chicos al vestíbulo de la escuela donde, en una vitrina llena de trofeos, se exhibe la colección de fotos de las clases que se han ido graduando en años anteriores.

—Mirad estas fotos, muchachos —les dice—. Los jóvenes a quienes contempláis tenían en los ojos el mismo fuego que vosotros. Planeaban tomar el mundo por asalto y hacer de sus vidas algo magnífico. Eso fue hace setenta años. Ahora están todos haciendo crecer las margaritas. ¿Cuántos de ellos llegaron realmente a vivir sus sueños? ¿Hicieron lo que se habían propuesto lograr?

Entonces Keating, mezclándose con el grupo de alumnos, en un susurro, les insta:

—Carpe diem! ¡Aprovechad el presente!

Al principio, a los estudiantes los desorienta ese extraño maestro, pero no tardan en empezar a captar la importancia de sus palabras. Llegan a respetar y a reverenciar a Keating, que les ha ofrecido una visión nueva… o les ha devuelto su visión original.

Todos vamos por el mundo con una especie de tarjeta de cumpleaños que nos gustaría entregar… con una u otra expresión personal de júbilo, de creatividad o de vitalidad que llevamos oculta bajo la camisa.

Un personaje de la película, Knox Overstreet, se enamora locamente de una chica fantástica. Sólo hay un problema: ella es la pareja de un atleta famoso.

Knox, entusiasmado al máximo con esa hermosa criatura, no está lo bastante seguro de sí mismo como para abordarla. Pero recuerda el consejo de Keating:

«¡Aprovechad el presente!» y se da cuenta de que no puede seguir soñando: si quiere ganársela algo tendrá que hacer al respecto. Y lo hace. Audaz y poéticamente le declara sus sentimientos más tiernos. En el proceso, ella lo rechaza, su novio le da un puñetazo en la nariz y Knox se enfrenta a los golpes aunque acaba vencido. Como no está dispuesto a renunciar a su sueño, va en pos de lo que su corazón desea. En última instancia, ella siente la autenticidad de su sentimiento y le abre su corazón. Aunque Knox no es especialmente guapo, ni muy popular, el poder y la sinceridad de su intención terminan por conquistarla. Él ha conseguido convertir su propia vida en algo extraordinario.

Yo también he tenido ocasión de practicar el consejo de Keating «¡aprovechad el presente!». Me quedé embobado por una chica monísima que conocí en una tienda de animales. Era menor que yo y tenía un estilo de vida muy diferente al mío, tampoco teníamos muchos temas en común, pero sentía que nada de aquello importaba. Yo disfrutaba estando con ella y me parecía que ella también sentía lo mismo.

Supe que se acercaba su cumpleaños y decidí invitarla a salir. Estaba a punto de llamarla y me quedé mirando el teléfono durante casi media hora.

Después marqué el número y colgué antes de que empezara a sonar. Entre la emoción de la expectativa y el miedo al rechazo, me sentía como un adolescente. Una voz desde el infierno insistía en decirme que yo no le gustaría y que por mi parte era tener mucha cara invitarla a salir. Pero me sentía tan entusiasmado ante la posibilidad de estar con ella que no me dejé vencer por el miedo y, finalmente, me animé a llamarla. Me agradeció la invitación, pero me dijo que ya tenía una cita.

Me quedé hecho polvo. La misma voz que me había dicho que no la llamara me aconsejó también que abandonara antes de sentirme más avergonzado. Pero yo estaba empeñado en ver qué alcance tenía aquella atracción. Dentro de mí había más cosas que querían cobrar vida. Tenía que expresar los sentimientos que me inspiraba aquella mujer.

Compré una bonita tarjeta de cumpleaños en la que escribí una breve nota poética. Me dirigí a la tienda de animales donde ella trabajaba. Al aproximarme a la puerta, la misma voz inquietante me advirtió: «Y si no le gustas, ¿qué? Si te rechaza, ¿qué?». Como me sentía vulnerable, guardé la tarjeta bajo la camisa.

Decidí que si ella me mostraba algún signo de afecto, se la daría; si se mostraba indiferente, la dejaría escondida. Así no correría riesgos y me evitaría un rechazo que podría avergonzarme.

Conversamos un rato sin que yo recibiera de ella ningún signo, ni en un sentido ni en otro y, como me sentía incómodo, inicié la retirada.

Pero cuando me aproximaba a la puerta, escuché otra voz, que me hablaba en un susurro y que se parecía bastante a la de Mr. Keating.

«Recuerda a Knox Overstreet… Carpe Diem» Me vi enfrentado ante la necesidad de expresar mis sentimientos por un lado y la resistencia a afrontar la inseguridad que me producía sincerarme por otro. ¿Cómo puedo andar por ahí diciendo a los demás que den vida a sus aspiraciones, cuando yo no estoy viviendo las mías? Además, ¿qué era lo peor que podía suceder? Cualquier mujer estaría encantada de recibir una felicitación en su cumpleaños, y además, poética. Decidí aprovechar el día. Mientras tomaba la decisión sentí que una oleada de audacia corría por mis venas: mi intención era poderosa.

Me sentí mucho más satisfecho y en paz conmigo mismo de lo que me había sentido en mucho tiempo… Tenía que aprender a abrir el corazón y a brindar amor sin pedir nada a cambio.

Saqué la tarjeta de donde la tenía escondida, me di la vuelta, fui hasta el mostrador y se la di. Mientras se la entregaba me sentí increíblemente vivo y emocionado… y además, tenía miedo. (Fritz Perls decía que el miedo es «una excitación sin aliento».) Pero lo hice. Y, ¿sabéis una cosa? A ella no le impresionó especialmente. Me dio las gracias e hizo a un lado la tarjeta, sin siquiera abrirla. Se me cayó el alma a los pies. Me sentía decepcionado y rechazado. No obtener respuesta alguna era peor que un rechazo inequívoco.

Tras un «adiós» de cortesía, salí de la tienda y entonces sucedió algo sorprendente. Empecé a sentirme eufórico. Desde mí interior brotó una oleada de satisfacción que me inundó por completo. Había expresado mis sentimientos ¡y me sentía muy bien! Había cruzado la frontera del miedo hasta salir a la pista de baile. Sí, había estado un poco torpe, pero lo había hecho. («Hazlo temblando si es necesario —decía Emmet Fox—, ¡pero hazlo!») Había puesto en juego mi corazón sin pedir garantía por los resultados. No ofrecí para, a mi vez, recibir algo. Le hice ver mis sentimientos sin esperar una respuesta determinada.

La dinámica que se requiere para que una relación funcione es la siguiente: sigue poniendo tu amor ahí fuera.

Al interiorizarse, mi euforia se transformó en cálida beatitud. Me sentí más satisfecho y en paz conmigo mismo de lo que me había sentido en mucho tiempo. Me di cuenta del sentido de todo lo ocurrido: yo necesitaba aprender a abrir mi corazón y a dar amor sin esperar ni pedir nada a cambio. El sentido de aquella experiencia no era crear una relación con aquella mujer, sino profundizar mi relación conmigo mismo. Y lo había hecho. Keating se habría sentido orgulloso. Pero lo más importante era que yo me sentía orgulloso.

Desde entonces no he visto mucho a aquella chica, pero esa experiencia ha cambiado mi vida. Mediante aquella simple interacción vi claramente cuál es la dinámica necesaria para que cualquier relación (y quizá el mundo entero) funcione: No dejes nunca de mostrar tu amor.

Creemos que cuando no recibimos amor, eso nos duele, pero lo que nos duele no es eso. El dolor nos acomete cuando no ofrecemos amor. Hemos nacido para amar. Se podría decir que somos máquinas de amor creadas por Dios. Cuando mejor funcionamos es cuando estamos dando amor. El mundo nos ha llevado a creer que nuestro bienestar depende de que los demás nos amen, pero este es el tipo de pensamiento puesto patas arriba que tantos problemas nos ha causado. La verdad es que nuestro bienestar depende de que ofrezcamos amor: no de lo que nos devuelven a nosotros, ¡sino de lo que nosotros ofrecemos!

Alan Cohen

Salud infantil

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Un cuento para el día de San Valentín

by palabras alma on 30/01/2012

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Un cuento para el día de San Valentín

Larry y Jo Ann eran un matrimonio corriente. Vivían en una casa cualquiera, en una calle como todas. Como cualquier otro matrimonio común, luchaban para llegar a fin de mes y para dar a sus hijos todo lo necesario.

También eran como todos en otro sentido: se peleaban. Gran parte de sus charlas se referían a lo que no iba bien en su matrimonio y a cuál de los dos era el culpable.

Hasta que un día sucedió algo extraordinario.

—Fíjate Jo Ann, tengo una cómoda mágica, increíble. Cada vez que abro algún cajón está lleno de calcetines o de ropa interior —dijo Larry—. Quiero agradecerte que los hayas estado llenando durante todos estos años.

Jo Ann se lo quedó mirando por encima de las gafas.

—¿Qué es lo que quieres, Larry?

—Nada. Sólo que sepas que te doy las gracias por estos cajones mágicos.

Como aquella no era la primera vez que Larry le salía con algo raro, Jo Ann olvidó el incidente hasta pasados algunos días.

—Jo Ann, gracias por haber anotado tan correctamente los números en el libro de gastos este mes. Las dieciséis anotaciones son correctas: es todo un récord.

Sin poder dar crédito a sus oídos, Jo Ann levantó los ojos del calcetín que estaba zurciendo.

—Larry, si siempre te estás quejando de que anoto mal los números, ¿por qué ahora no lo haces?

—Porque sí. Sólo quería que supieras que me doy cuenta del esfuerzo que estás haciendo.

Jo Ann sacudió la cabeza y siguió con sus remiendos. Para sus adentros, masculló:

—¿Qué le estará pasando?

Sin embargo, al día siguiente, cuando Jo Ann hizo un cheque en la tienda, se fijó para asegurarse de que había anotado bien el número del cheque.

—¿Por qué de pronto les estoy dando importancia a estos estúpidos números? —se preguntó.

Trató de no hacer caso del incidente, pero el extraño comportamiento de Larry se intensificó.

—Jo Ann, la cena ha sido estupenda —le dijo una noche—. Te agradezco el esfuerzo. Vaya, si calculo que en los últimos quince años habrás preparado más de catorce mil comidas para mí y para los niños…

Otra vez fue:

—Jo Ann, la casa parece un espejo. Debes de haber trabajado muchísimo para que tenga tan buen aspecto.

Y hasta:

—Jo Ann, te agradezco que seas como eres. Realmente, me da mucho placer tu compañía.

Jo Ann estaba empezando a preocuparse. Se preguntaba qué se había hecho de los sarcasmos y de las críticas.

Sus temores de que a su marido le estaba pasando algo raro se vieron confirmados por la queja de Shelly, su hija de dieciséis años, que le comentó:

—Mamá, papá se ha vuelto loco. Acaba de decirme que estaba guapa con todo este maquillaje y esta ropa de estar por casa. No es propio de él. ¿Qué es lo que le pasa?

Fuera lo que fuere lo que le pasara, Larry no cambiaba. Casi todos los días seguía haciendo algún comentario positivo.

Pasadas varias semanas, Jo Ann se fue acostumbrando al extraño comportamiento de su marido, e incluso alguna vez se lo recompensó, a regañadientes, con un escueto «Gracias». Se sentía orgullosa de ir manteniéndose a la altura de las circunstancias, hasta que un día sucedió algo tan raro que la desorientó por completo:

—Como quiero que te tomes un descanso —anunció Larry—, voy a fregar yo los platos, así que hazme el favor de dejar esa sartén y sal de la cocina.

Después de una larguísima pausa Jo Ann contestó:

—Gracias, Larry. ¡Te lo agradezco muchísimo!

Ahora el paso de Jo Ann era un poco más ligero, su confianza en sí misma iba en aumento e incluso, alguna vez, canturreaba por lo bajo. Además, parecía que ya no tenía tantos ataques de melancolía. «Me gusta bastante la nueva forma de comportarse de Larry», pensaba para sus adentros.

Aquí se acabaría el cuento, de no ser porque un día sucedió otro acontecimiento de lo más extraordinario. Esta vez, quien habló fue Jo Ann:

—Larry —dijo—, quiero agradecerte que durante todos estos años hayas ido a trabajar para que a nosotros no nos falte nada. Y creo que nunca te he expresado todo mi agradecimiento.

Larry jamás ha revelado las razones de su espectacular cambio de comportamiento, por más que Jo Ann se ha esforzado en obtener de él una respuesta, de modo que éste seguirá siendo, probablemente, uno de los misterios de la vida. Pero es un misterio con el que me encanta convivir.

Porque, ya veis… yo soy Jo Ann.

Jo Ann Larsen
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Fragmentos de El loco de Khalil Gibran…

by palabras alma on 21/01/2012

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Fragmentos de El loco de Khalil Gibran…

Qué loco eres tratando de llevarte sobre tus propios hombros!

Deja todo lo que llevas a cuestas en manos de quien puede cargar con todo, y no mires nunca atrás con nostalgia.

Se os ha dicho también que la vida es oscuridad, y en vuestra fatiga os hacéis eco de la voz del fatigado.

Y yo os digo que la vida es, en verdad oscuridad cuando no hay impulso.

Y todo impulso es ciego cuando no hay conocimiento.

Y todo conocimiento es vano cuando no hay trabajo.

Y todo trabajo es vacío cuando no hay amor.

Y cuando trabajáis con amor os unís con vosotros mismos y con los demás y con Dios.

Khalil Gibran

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