Pensamientos: “Te conozco, ¡tú eres igual que yo!” [30-11-15]

by palabras alma on 30/11/2015

in Pensamientos

 

Te conozco, ¡tú eres igual que yo!

Stan Dale es uno de nuestros amigos más íntimos. Stan dirige un seminario sobre el amor y las relaciones, con el título «Sexualidad, amor e intimidad». Hace varios años, en su interés por llegar a saber cómo era realmente la gente en la Unión Soviética, se fue allí a pasar dos semanas en compañía de otras veintinueve personas. Cuando narró sus experiencias en la hoja informativa que él mismo publica, una de las anécdotas nos afectó en lo más profundo.

Mientras andaba por un parque en la ciudad industrial de Jarkov, vi a un anciano veterano ruso de la segunda guerra mundial. Es fácil identificarlos por las medallas y cintas que todavía exhiben orgullosamente en sus camisas y chaquetas. No lo hacen por exhibicionismo, es la forma que tienen en su país de homenajear a quienes les ayudaron a salvar Rusia, por más que los nazis mataran a veinte millones de rusos. Me acerqué a aquel anciano que estaba allí sentado con su mujer y le dije: «Droozhba, emin (amistad y paz). El hombre me miró con incredulidad, tomó la insignia que habíamos hecho para aquel viaje y que decía «amistad» en ruso y mostraba los mapas de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, sostenidos por dos manos amistosas, y me preguntó:

—¿Amerikanski?

—Da, amerikanski —le respondí—. Droozhba, emir.

Me cogió ambas manos como si fuéramos hermanos que no se habían visto desde hacía tiempo, y volvió a repetir: «¡Amerikanski!», pero esta vez había reconocimiento y afecto en su voz.

Durante algunos minutos él y su mujer me hablaron en ruso, como si yo pudiera entenderlos, y yo les hablé en inglés como si creyera que él me entendía. Y ¿sabéis qué? Ninguno de los dos entendió una palabra, pero es indudable que nos comprendimos. Nos abrazamos, nos reímos y lloramos, repitiendo todo el tiempo «Droozhba, emir, amerikanski. «Te amo, estoy orgulloso de estar en tu país, nosotros no queremos la guerra. ¡Te amo!”

Pasados unos cinco minutos, nos dijimos adiós y los siete que formábamos nuestro pequeño grupo seguimos andando. Quince minutos después, cuando estábamos ya a considerable distancia, el mismo viejo veterano nos alcanzó. Se  me acercó, se quitó la medalla de la Orden de Lenin (probablemente su posesión más preciada) y me la prendió en la solapa. Después me besó en los labios y me dio uno de los abrazos más cálidos y afectuosos que jamás he recibido. Y los dos lloramos, nos miramos a los ojos durante un tiempo larguísimo y nos despedimos con un «Dossvedanya» (adiós).

El relato anterior es un símbolo de todo nuestro viaje de «Diplomacia ciudadana» a la Unión Soviética. Cada día encontrábamos cientos de personas en todos los lugares posibles e imposibles. Ni los rusos ni nosotros volveremos jamás a ser los mismos. Ahora hay cientos de escolares de las tres escuelas que visitamos que ya no estarán tan dispuestos a pensar que los norteamericanos son gente que quiere «nukearlo» (destruirlos con armas nucleares). Hemos bailado, cantado y jugado con niños de todas las edades, y hemos intercambiado besos, abrazos y regalos. Ellos nos dieron flores, pastas y dulces, insignias, dibujos, muñecas… y, lo más importante, nos abrieron su corazón y su mente.

En más de una ocasión nos invitaron a presenciar sus bodas y a ningún miembro de su familia biológica podrían haberlo aceptado, saludado y agasajado de forma más cálida y afectuosa que a nosotros. Intercambiamos abrazos y besos, bailamos y bebimos champán, cerveza y vodka con los novios, con los abuelos y con el resto de la familia.

En Kursk fuimos recibidos por siete familias rusas que se ofrecieron a agasajarnos con una maravillosa cena y con su afable conversación. Cuatro horas más tarde, ninguno de nosotros quería irse. Ahora, todos los de nuestro grupo tenemos una nueva familia en Rusia.

La noche siguiente nosotros agasajamos a «nuestra familia» en el hotel. La banda tocó casi hasta medianoche y… ¿qué os imagináis? Una vez más, comimos, bebimos, charlamos, bailamos y lloramos cuando llegó la hora de despedirnos. Y bailamos cada canción como si fuéramos amantes apasionados… porque eso éramos, exactamente.

Podría seguir hablando eternamente de nuestras experiencias y, sin embargo, no habría manera de transmitiros exactamente cómo nos sentíamos.

¿Cómo os sentiríais vosotros, al llegar a vuestro hotel en Moscú, si os estuviera esperando un mensaje telefónico de la oficina de Míhail Gorbachov, diciendo que lamenta no poder veros ese fin de semana porque no está en la ciudad, pero que en cambio ha dispuesto, para todo vuestro grupo, una reunión de dos horas, una mesa redonda con una media docena de miembros del Comité Central? Y con ellos mantuvimos una conversación sumamente franca sobre mil cosas, incluso sobre sexualidad.

¿Cómo os sentiríais si más de una docena de ancianas, con sus babushkas [pañolones] anudadas bajo el mentón, bajaran de sus viviendas para abrazaros y besaros? ¿Qué sentiríais cuando vuestras guías, Tania y Natasha, os dijeran (y   dijeran a todo el grupo) que no habían visto jamás a nadie como vosotros? Y cuando nos fuimos, todos, los treinta, lloramos porque nos habíamos enamorado de aquellas mujeres fabulosas, y ellas de nosotros. ¿Cómo os sentiríais? Probablemente, igual que nosotros.

Está claro que cada uno tuvo su propia experiencia, pero es indudable que en el total hay algo que destaca especialmente: la única forma en que vamos a asegurar la paz sobre este planeta es adoptar como «nuestra familia» al mundo entero. Vamos a tener que abrazarlos y besarlos, y bailar y jugar con ellos.

Tendremos que sentarnos a hablar, pasearemos y jugaremos juntos. Porque, cuando lo hagamos, descubriremos que es verdad que existe la belleza en cada uno de nosotros, que todos nos complementamos los unos con los otros y que todos empobreceríamos si no nos tuviéramos mutuamente. Entonces el dicho

«Te conozco porque tú eres como yo» tendría un significado más profundo:

«¡Ésta es «mi familia», y con ellos estaré pase lo que pase!».

Stan Dale

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